
Autor: @EconomiaParaTodos
“Chairo”, “derechairo”, “comunista”, “facho”… Podemos seguir dando ejemplos infinitos de las múltiples etiquetas que la gente tiene de moda para menospreciar o catalogar a cualquier persona que piense diferente a uno. Pero estas etiquetas representan un problema, a profundidad, más complejo de lo que parece.
Desde el boom de las redes sociales, cada vez es más fácil participar en conversaciones que antes estaban reservadas para especialistas de un gremio, donde tu único momento para hablarlo era con un amigo o con un familiar. Hoy en día, nuestro teléfono – compañero que llevamos a todos lados, siendo crucial hasta en nuestras idas al baño – nos da la oportunidad de participar en cualquier momento, a cualquier hora y con un simple comentario. Ahí está justamente el problema, y al mismo tiempo, el privilegio.
Teniendo tanto acceso y tanta facilidad, se ha vuelto muy sencillo emitir una opinión sobre un tema y hacer que nuestra voz se escuche. Sin embargo, nos hemos perdido del verdadero propósito de comentar: aportar algo. Una idea, una perspectiva diferente, una aclaración o incluso un dato que puede enriquecer la conversación.
Nos terminamos embriagando con la facilidad de comentar y ser vistos. Olvidamos lo importante: compartir desde nuestro conocimiento, o incluso desde nuestra ignorancia, pero con la intención de aportar. Así, cualquier posible contribución termina opacada por un “Así no, chairo” o “Es que es derechairo”.
Pero no es tu culpa, no quiero que lo veas de esa forma. Hoy estamos tan cargados de estímulos e información, y existe tanta desinformación en redes, que se ha vuelto fácil comentar solo para generar una interacción o sentir que nuestra opinión importa. Muchas veces ni siquiera estamos capacitados para emitir un juicio. Tienes libertad de expresión, sí, pero hasta las opiniones tienen que estar basadas en información real y conocimiento. Sin embargo, el problema más importante llega cuando esto se mezcla con el ego.
“Nunca hables en la mesa de fútbol, ni de religión, ni de política”, típica frase de nuestros papás. Pero ¿por qué? ¿Por qué no se debería hablar de algunos temas en la mesa? Ah, porque las personas terminan peleándose. Y eso resulta extraño, porque conversar debería servir para aportar, compartir puntos de vista y retroalimentar nuestras posturas.
El problema es que muchas veces nuestras “opiniones” no son realmente opiniones, sino críticas. Y no críticas constructivas, sino destructivas.
A Juanito Pérez, ¿qué le importa si la crítica “destructiva” es hacia un político que ni lo conoce? Y seamos honestos, al político tampoco le importa Juanito Pérez, pero no porque sea político, sino porque no conoce a Juanito Pérez como persona, ni Juanito conoce al político como persona. No te puede importar genuinamente alguien si no lo conoces. Ya lo decía Sócrates: la amistad toma tiempo. Alguien no puede ser tu amigo solo con desearlo, se debe forjar poco a poco. Pero entonces, ¿por qué se enoja Juanito Pérez?
Porque muchas veces no siente que están criticando solamente a un político. Siente que están criticando su decisión, su criterio, su forma de pensar y hasta su identidad. La política en México, y seguramente igual en el resto del mundo, busca transmitir un sentido de pertenencia en los ciudadanos, que se sientan representados por ellos, que sientan que sí cuidarán todo aquello por lo que han luchado.
Cuando alguien critica eso, muchas personas lo interpretan como un “me estás diciendo que me equivoqué”. Ahí nace el conocido fanático político.
Las personas con un pensamiento “más crítico” o más coherente no se enojan cuando cuestionan al político que les agrada, ni al partido o movimiento, porque entienden que tienen errores y fallos que pueden mejorarse. Pero, sobre todo, porque entienden que la crítica no es hacia ellos, que no lastima su ego ni su conocimiento.
Aceptar que alguien por quien votaste se equivocó no significa traicionar tus ideales. Significa exigir más. Significa entender que el puesto importa más que la persona y que quien ocupa ese puesto tiene la oportunidad de impactar a millones de personas. Lo importante es exigir que ese impacto sea positivo.
México vive hoy una crisis de fanatismo político. Cualquier creador de contenido o persona común que emita una opinión, positiva o negativa, sobre un político, partido o movimiento, termina siendo encasillado como “opositor”. Todo se reduce a una falsa dicotomía: “si no estás conmigo, estás contra mí”.
Esa mentalidad ha sido alimentada por la propia política, pero también por las redes sociales y por nuestra incapacidad de escuchar sin sentirnos atacados. La realidad es que la mayoría quiere empujar hacia el mismo lado: un mejor país, mejores oportunidades y una sociedad más justa. El problema es que dejamos de discutir ideas y empezamos a defender egos.
Una democracia no se destruye cuando existen opiniones diferentes; se destruye cuando dejamos de escuchar y comenzamos a etiquetar.
